.a world in a grain of sand.
lunes, 14 de octubre de 2013
Volar de noche. Parte III.
Mezcla de ganas de reír y carcajear a más no poder, más llorar de emoción.
La azafata me pidió que cierre la ventana cuando apenas habíamos despegado. Después de un rato la volví a abrir y lo primero que vi fue esa estrella. Sonreí, no lo pude evitar, sentí que me volvía a encontrar con una amiga.
Pensarían raro si me vieran con la frente y la nariz pegadas a la ventana, con la almohada atrás de la cabeza para bloquear las luces que se reflejan en el vidrio? Qué bueno que están todos durmiendo o enchufados (aunquequizássimevieransedaríancuentadeloqueseestánperdiendo).
Volar de noche. Parte II.
Es tanto sobre el destino como sobre el viaje en sí. El camino está lleno de cosa increíbles que no todos saben ver. Hay que empezar a buscar esas cositas gigantes, porque hacen que todo sea mejor. Aunque sea solo por un segundo. Nadie podría sentirse mal con una vista así. Estamos por arriba de las ciudades, del campo, del mar, de las nubes, a la altura de las estrellas. Si estás feliz te ponen más feliz, si estás triste hacen que la tristeza sea más hermosa. Y te acompañan. Las estrellas te acompañan.
Y siguen apareciendo puntitos blancos, esto es impresionante. Odio que no pueda salir en las fotos. Por eso intento grabármelo a fuego en la retina, porque en cuanto me baje del avión, el recuerdo es lo único que queda.
No me quiero ir a dormir. En cuanto decida que voy a dormir, la noche desaparece. La próxima vez que abra los ojos va a ser otro cielo, otra luz, otro país, y este momento se fue.
Volar de noche. Parte I.
Busco en el cielo casi negro y voy armando con mis ojos constelaciones, formas, garabatos, todo hecho de pequeñas y preciosas lucecitas brillantes. Miro... y miro, y miro, y no puedo dejar de mirar! Las estrellas se extienden hasta donde puedo ver. Izquierda, derecha, arriba y también abajo. Cuánta gente puede decir haber sentido esto en algún momento de su vida. Si miro con un poquito más de atención y bloqueo todas las demás luces, empiezo a descubrir otras, más chiquitas todavía, que no había visto antes. Son como un resplandor brumoso que le da a la noche entera un toque diferente. Como damitas de honor, así compañan y embellecen a las otras estrellas, las más viejas y luminosas. Todas y cada una, hermosas de una manera diferente. Unas me hacen guiños como queriendo decirme algo que no llego a entender. Otras, quietas, me miran fijo: parece que me devolvieran la mirada perdida que les estoy dedicando hace como media hora...
Es un mar. Es un mar, juro que si salgo me puedo poner a nadar y sumergirme más y más y más en este cielo y estas estrellitas que parecen estar acá nomás, al alcance de la mano.
jueves, 20 de octubre de 2011
Fantástico
Un día como cualquier otro. A las 8.00 estaba fuera de la cama, como siempre. A las 8.20 desayunando, a las 8.30 saliendo. Al encender el auto, algo en el estruendoso sonido del motor le recordó a Pedro Díaz que había olvidado agarrar su paraguas: el cielo oscuro y las nubes voluminosas anunciaban sin lugar a dudas una fuerte tormenta. Salió del auto.
Como siempre, al entrar a la casa evitó prender las luces; lo consideraba un gasto inútil, ya que conocía su hogar como la palma de su mano, y la luz del sol matinal solía iluminarlo todo a través de los grandes ventanales. Pero ese día, la tormenta inminente había oscurecido el cielo de tal manera que el interior de la casa estaba totalmente negro. A Pedro Díaz no le importó, y sin tropezar se dirigió al paragüero que había al lado de su habitación.
Tanteando en la oscuridad, sintió el borde del paragüero, afilado como un saliente rocoso. Su mano siguió avanzando, buscando el paraguas para poder irse de una buena vez; su jefe lo estaría esperando, y el mal día le hizo intuir que no estaría de humor para retrasos…
Ya debería haber encontrado el mango del paraguas a esa altura, pero su mano no hacía más que avanzar hacia el interior del paragüero, arañando la densa oscuridad. ¡Al fin! Su mano derecha chocó contra el mango del paraguas que apareció de repente, como surgido de la nada. Asió con fuerza la cosa, curva como una garra. ¿Era su imaginación o el paraguas estaba emanando calor? Lo tomó por debajo, y la tela se sintió de alguna manera suave y viscosa a la vez. Su mano no podía rodear el objeto, que de pronto parecía estar moviéndose, como si hubiera cobrado vida. La tela del paraguas piel, los palitos del paraguas huesos. Cansado, Pedro Díaz metió la mano de lleno en el paragüero.
jueves, 13 de octubre de 2011
Carpe Diem
