lunes, 14 de octubre de 2013

Volar de noche. Parte I.

Ver las estrellas. No sólo mirarlas, verlas. Y no mirarlas de abajo hacia arriba como algo lejano e imposible de alcanzar, sino ESTAR ENTRE LAS ESTRELLAS, verlas a tu misma altura y más claras de lo que nunca las vas a ver en la ciudad en la que naciste. Mirarlas, y de pura emoción. llorar. LLORAR. Porqué?? Qué agridulces estas lágrimas, no las entiendo.

Busco en el cielo casi negro y voy armando con mis ojos constelaciones, formas, garabatos, todo hecho de pequeñas y preciosas lucecitas brillantes. Miro... y miro, y miro, y no puedo dejar de mirar! Las estrellas se extienden hasta donde puedo ver. Izquierda, derecha, arriba y también abajo. Cuánta gente puede decir haber sentido esto en algún momento de su vida. Si miro con un poquito más de atención y bloqueo todas las demás luces, empiezo a descubrir otras, más chiquitas todavía, que no había visto antes. Son como un resplandor brumoso que le da a la noche entera un toque diferente. Como damitas de honor, así compañan y embellecen a las otras estrellas, las más viejas y luminosas. Todas y cada una, hermosas de una manera diferente. Unas me hacen guiños como queriendo decirme algo que no llego a entender. Otras, quietas, me miran fijo: parece que me devolvieran la mirada perdida que les estoy dedicando hace como media hora...

Es un mar. Es un mar, juro que si salgo me puedo poner a nadar y sumergirme más y más y más en este cielo y estas estrellitas que parecen estar acá nomás, al alcance de la mano.

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